
Arquitectura de intenciones
Tal vez, vaciarse sea uno de los fines más difíciles de lograr. Son tantas y tan pequeñas las piedras con las que llenamos los bolsillos, que requiere esfuerzo, tiempo y talento descubrir el modo de desnudarse. No ya para los demás o hacia ellos, sino por y para uno mismo. Desconozco si existe algún otro modo de poder conocerse.
Un detalle que me resulta muy interesante, que puede parecer obvio en apariencia, es que todo vacío conlleva silencio. Y no es un silencio impuesto ni decidido. No es un silencio “hecho”. Ni siquiera es un silencio buscado. Es la consecuencia. La sensación casi inapreciable de que, en ese preciso instante, se esta alcanzando. Por desgracia, no se puede retener. Fluye. No hay que aferrarse a su necesidad, sino experimentarla al máximo.
Quitarse las intenciones, conlleva enfrentarse a tus propios miedos. Y verlos, de alguna manera, hace que desaparezcan. Precede siempre a la aceptación de uno mismo. De cuanto percibimos que somos. Ya que, llegados a este punto, ya no hay intención de ser, sino conciencia de que se Es.
Pero todo esto no son más que palabras, dedos que apuntan a la Luna.
Hay muchas facetas de la Vida que solo pueden ser experimentadas como tal. La Realidad es indiferente a nuestras elucubraciones o anhelos. Desmontar la arquitectura que diseñamos día a día permite ver el terreno sobre el que edificamos nuestros sueños, la auténtica geografía del corazón.