
Decía mi maestro, mientras pisábamos descalzos la escarcha de la mañana, que “debemos sentir”. Aludiendo a los pájaros que revoloteaban a nuestro alrededor, tan ajenos al futuro, tan presentes y auténticos. Lo decía, reivindicando una existencia primitiva del Ser, ancestral y casi mágica, en consonancia con el Universo.
“Debemos sentir” implicaba inevitablemente dolor. Un dolor caleidoscópico que se transforma, dominado por la consciencia de padecerlo. Y sobre esa superficie blanda del pensamiento, en el que el dolor parece tratar de ocuparlo todo, surge una luz tenue, que mira al cielo y dice:
“Mañana, el dolor no será más que un recuerdo, mientras lo aprendido podrá durar para siempre. Este frío que atraviesa mis huesos se habrá reducido a palabra. Las sensaciones no pueden recordarse, solo se pueden sentir.”
Mis pies están cálidos ahora,
Y los pájaros aún revolotean en el corazón.